Indonesia una Revolución en Marcha

Presentación:

Después de 32 años de dictadura, Suharto ha sido obligado a dimitir por el movimiento de las masas encabezado por los estudiantes. El régimen más sanguinario de Asia, establecido después del asesinato de un millón de personas, fundamentalmente militantes comunistas, en 1965, se enfrenta a un movimiento revolucionario que amenaza con derribar no sólo el entramado económico y militar de la camarilla del viejo dictador, sino el propio sistema capitalista y por extensión el poder del imperialismo en la zona.Al igual que en otros procesos de similar naturaleza, las manifestaciones de protesta por la subida salvaje de los precios de productos de primera necesidad, se han transformado en movilizaciones políticas contra la dictadura, en demanda de democracia y condiciones de vida dignas.Las causas de esta explosión social, que suponen el inicio de un proceso revolucionario, hay que buscarlas en las contradicciones larvadas durante décadas en la sociedad indonesia, que no se han resuelto a pesar del crecimiento económico, y que se han visto agudizadas por la crisis del Sudeste Asiático y las recetas del Fondo Monetario Internacional.Durante un año los grandes monopolios, a través del FMI y el Banco Mundial, han dictado sus "soluciones" económicas a Suharto, provocando una depresión en la economía que por supuesto ha sido pagada con despidos masivos, inflación, escasez y penurias para la inmensa mayoría de la población. Esta política ha provocado que incluso las capas medias hayan dado la espalda al régimen.Por el momento la burguesía indonesia corrupta y degenerada, después de meses de divisiones, ha optado por el mal menor: obligar a Suharto a dimitir, sustituyéndolo por otro hombre del régimen, Habibie, con la esperanza de que un cambio cosmético por arriba pueda evitar una revolución por abajo. Pero se equivocan totalmente si piensan que esta salida va a ser el fin del movimiento. El nuevo gobierno será incapaz de resolver la crisis y de conceder los derechos democráticos que la población exige. Es más, las perspectivas para la economía son tan negras como bajo Suharto, y las masas no aceptarán resignadas sin una lucha feroz que todo siga igual.Indonesia igual que el resto de los países del Sudeste Asiático se encuentra en una encrucijada. Bajo el dominio de una clase dominante dependiente del imperialismo que ha demostrado su incapacidad para hacer avanzar la sociedad no hay ninguna posibilidad de solucionar los graves problemas que afectan a la clase obrera, a los campesinos y a los pobres de las ciudades. Su poder sólo se puede garantizar a través de sangrientas dictaduras lo que supone una autentica pesadilla para millones de hombres y mujeres. Por tanto ¿cómo romper con esta situación?El presente documento es un análisis marxista de los acontecimientos revolucionarios que ha vivido Indonesia durante los últimos meses, de su naturaleza y de sus protagonistas, y por supuesto de la necesidad que tiene el movimiento de dotarse de una dirección revolucionaria que gane a la mayoría de la población para el programa de la revolución socialista.

 

Indonesia: La Revolución Asiática ha Comenzado

Por Ted Grant y Alan Woods


La noticia de la dimisión de Suharto ha caído en el mundo como una bomba. Durante treinta y dos años, su sangrienta tiranía gobernó Indonesia con mano de hierro, tras encaramarse al poder sobre los cadáveres de un millón de comunistas y trabajadores. Ahora ha caído como una hoja seca arrancada por el viento. El magnífico movimiento de masas de estudiantes y trabajadores ha conseguido una gran victoria. Suharto, hasta el último minuto, se aferró al poder y amenazó con ocasionar un baño de sangre si las masas continuaban desafiándole. Pero, a la hora de la verdad, todo el aparato represivo se desplomó como un castillo de naipes. Es el comienzo: Indonesia ha entrado en el mismo camino que España en 1931, cuando el derrocamiento de la monarquía y la proclamación de la República abrió las puertas a la revolución.

Lo ocurrido en Indonesia ha sacudido al capitalismo internacional. Justo en un momento en que las cosas parecían irle bien, la crisis en Asia ha irrumpido con la fuerza devastadora de un tifón tropical. La crisis económica ha comenzado a expresarse en términos sociales y políticos. La prensa burguesa, como es habitual, trata de encubrir la situación real dibujando un cuadro de caos y anarquía. Pero los estrategas del capital saben que lo ocurre en Indonesia no es un alboroto. Es necesario que todos los trabajadores conscientes tengan claro que está ocurriendo en este país clave de Asia.

Hasta cierto punto, la propia burguesía se está echando la culpa de los recientes acontecimientos. Durante décadas han saqueado las economías de Asia, África y América Latina, obligándoles a abrirse a las grandes multinacionales y al imperialismo, con bajos aranceles, liquidando sus industrias por sumas ridículas. Estos países, fundamentalmente exportadores de materias primas, han visto cómo caían los precios de éstas, mientras los de las mercancías y la maquinaria que importan de los países capitalistas avanzados subían constantemente. El resultado ha sido el enorme endeudamiento de los países ex coloniales, que nunca podrá ser pagado. Los grandes intereses de la deuda están esquilmando sus economías. Mientras, los policías internacionales del capital (el FMI y el Banco Mundial) acechan como halcones para garantizar que se paga cada céntimo, so pena de severas sanciones. De esta forma, el imperialismo mundial ha condenado a dos tercios de la población mundial a una existencia miserable.

La codicia de la burguesía va acompañada de una gran estupidez. Creían que este alegre carnaval de hacer dinero duraría para siempre, creían haber descubierto la piedra filosofal que convertiría en oro cualquier metal, les era indiferente que este oro estuviera acuñado con la sangre, sudor y lágrimas de millones de personas, de los más pobres y oprimidos del planeta. Pero esta implacable opresión de décadas sobre los pueblos de Asia, África y América Latina ha acumulado contradicciones irresolubles, y ahora ha llegado la hora de saldar las cuentas.

Los acontecimientos en Indonesia les han cogido por sorpresa. Tratan de tranquilizarse pensando que es ‘sólo un alboroto’. Esto a la fuerza recuerda cuando el rey de Francia, en 1789, le preguntó a sus cortesanos si había un tumulto, y le respondieron: "No sire, es una revolución". Se han producido disturbios en Zimbabwe y Tanzania, provocados por la despiadada política del FMI, un aviso de que la paciencia de las masas estaba llegando a sus límites. Pero lo ocurrido en Indonesia es cualitativamente diferente: no son sólo disturbios, sino el principio de una revolución que se va a desarrollar durante un período de meses y años y que sacudirá Asia y todo el planeta.

De la noche a la mañana, el mundo ha "descubierto" que Suharto es un sangriento dictador que asesinó a millones de personas. Los imperialistas alzan sus manos, llaman a la paz y a la democracia, pero todo es una farsa hipócrita. Ya sabían desde hace mucho tiempo quién era Suharto, y lo respaldaron en todo. En 1965, cuando subió al poder, los imperialistas miraban hacia otro lado, pero en privado aplaudían y participaban activamente en la carnicería. La CIA proporcionó al ejército indonesio una lista de nombres y direcciones de comunistas conocidos y simpatizantes, que fueron después asesinados. Durante tres décadas, Wall Street y la City de Londres han financiado a este asesino de masas sin ningún remordimiento de conciencia. Los gobiernos occidentales __incluyendo al actual gobierno laborista de Tony Blair__ han continuado vendiendo armas a Yakarta. El Pentágono ha dirigido entrenamientos conjuntos de las unidades de élite del ejército indonesio con el programa JECT (Entrenamiento e Intercambio Combinado Conjunto). Desde 1993, el ejército USA ha dirigido 41 programas JECT con el ejército indonesio, con un coste de 3,4 millones de dólares. Suharto era el guardián de la estabilidad, y ésta es la primera condición para un hombre de negocios. El asesinato de más de un millón de hombres, mujeres y niños fue sólo un pequeño detalle, justificable en el terreno económico, necesario para restaurar la paz, aunque fuese la paz de los cementerios. Las cosas parecían ir muy bien para los hombres de negocios de Londres y Nueva York, hasta ahora.

El capitalismo compinche

La explosión en Indonesia no surge de la nada. Ni siquiera es el resultado del reciente crash económico asiático, aunque sin duda éste actuó como un poderoso catalizador. Lo ocurrido es el resultado de contradicciones acumuladas durante décadas. Indonesia, como los demás tigres, fue puesto como un brillante ejemplo de lo que el capitalismo podía lograr en los antiguos países atrasados. En realidad, la gran afluencia de capital extranjero no solucionó ninguno de los problemas fundamentales de la sociedad indonesia; al contrario, los exacerbó. Pero lo que sí hizo fue fortalecer la clase obrera, la única fuerza capaz de ofrecer una salida al impasse y transformar de una manera progresista la sociedad.

Al igual que el resto de las burguesías de los países ex coloniales, la indonesia está corrompida hasta los tuétanos. Ha demostrado su total incapacidad para hacer avanzar la sociedad indonesia. Tras medio siglo de "independencia", no ha resuelto ni uno solo de los problemas básicos: el agrario, el nacional, la modernización del país o la democracia. Ni siquiera ha logrado una auténtica independencia. La débil y degenerada burguesía indonesia, habiendo entrado demasiado tarde en escena como para jugar un papel progresista, sólo puede ser el chico de los recados del imperialismo. La evidencia más clara es el saqueo del país por la familia Suharto y sus compinches, que poseen y controlan una gran parte de la economía. A pesar de los enormes recursos naturales, el cuarto país más poblado del mundo ha sido reducido a una dependencia humillante de las limosnas del FMI. Éste es el resultado final de medio siglo de independencia burguesa de Indonesia.

La familia Suharto gobernó Indonesia durante 32 años como lo podría hacer una dinastía real o, para ser más correctos, como señores feudales ladrones. Poseen y saquean sin comedimiento la mejor parte de la economía y han dado un significado totalmente nuevo a la expresión ‘mantenerlo en la familia’. Se estima que Suharto y sus seis hijos tienen una fortuna neta de 40.000 millones de dólares, aproximadamente la mitad del PIB del país. Su influencia llega a cada rincón de la vida indonesia: petróleo, electricidad, coches, aviones, peajes y medios de comunicación. Igit Harkojudanto, el hijo mayor de Suharto, junto con Bambang Trihatmodjo, su hijo mediano, posee gran parte del sector petroquímico. Bambang controla el 25% del Banco Andrómeda, el grupo PT Bimanatara Citra, relacionado con la bolsa de Yakarta, y en su tiempo libre es el tesorero del Golkar, el partido del dictador. También posee acciones en el operador petrolero Osprey Maritime y es propietario del 75% de la planta petroquímica Chandra Asri. El notorio Hutomo (Tommy) Mandala Putra posee, junto con Siti Hutami, el Banco Utama, dirige el proyecto de coche nacional y PT Timor Putra Nasional. También posee y controla Humpuss Group, así como PT Humpuss Intermoda Transportasi. Las hijas tampoco salen mal paradas: Siti Hardijanti Rukmana (Tutut), la mayor, controla PT Citra Marga Nusaphala Persada operadora de petróleo, el Banco Ama y es vicepresidenta del partido Golkar y ministra de Bienestar Social. Posee también Citra Lamtoro Gung y el 30% de las acciones del Banco Central de Asia, junto con Sigit. Siti Hediati Harijadi Prabowo, la hija mediana, controla el 8% del banco Industri. Siti Hutami Endang Andyningsih, la más joven, es sólo copropietaria del Banco Utama, junto con Hutomo.

Es un ‘capitalismo de compinches’. Toda la enorme riqueza potencial del país es sistemáticamente saqueada por la camarilla de Suharto y el imperialismo. El descontento y la indignación afectan a todas las clases sociales, no sólo a trabajadores y campesinos, sino también a estudiantes y pequeña burguesía, creando una situación potencialmente explosiva. Durante algún tiempo esto fue enmascarado por el crecimiento económico, que ofrecía la perspectiva de un futuro mejor, pero la crisis en Asia barrió estos sueños de un plumazo. De la noche a la mañana, la economía indonesia entró en crisis, y la bancarrota de la economía rápidamente llevó a la del régimen.

Los acontecimientos indonesios deben ser puestos en el contexto de una crisis general de Asia, que ha golpeado duramente a Indonesia. La crisis asiática ha tenido un efecto devastador sobre el empleo, los salarios y las condiciones de vida. Muchos trabajadores, despedidos de sus empleos, están ahora enfrentándose con la subida salvaje de los precios. El portavoz de la Asociación Indonesia de Mujeres por la Justicia (APIK), Sriwiyanti, señalaba que los empresarios están utilizando la crisis económica para justiciar la actual oleada de despidos:

"No es que la crisis haya llevado a muchas empresas a la bancarrota, sino que muchas empresas que no se han visto afectadas están utilizado el tema para despedir a los trabajadores en nombre de la competitividad" (Jakarta Post, 5/5/98).

"La subida de precios siguió al despido de millones de trabajadores, que causó el colapso de la economía y la devaluación de la rupia. El malestar está creciendo por todo el país" (Sydney Morning Herald, 7/5/98).

El colapso de la rupia el pasado mes de julio hundió a Indonesia en la peor crisis económica desde la llegada de Suharto al poder a mediados de los años 60. La inflación y el desempleo se han disparado, la mayoría de las empresas están técnicamente en bancarrota y el comercio está en un paro virtual. La subida del precio de los carburantes era una parte del acuerdo con el FMI, que obviamente iba a causar una terrible privación en una nación con 17.500 islas extendidas en 5.000 km. a lo largo del Ecuador. El ingreso per cápita de los indonesios respecto al dólar USA cayó en más de un 60% durante los últimos seis meses. Cada vez es mayor el número de indonesios que no pueden acceder a las mercancías básicas. Los precios de los alimentos básicos y el queroseno (combustible utilizado para cocinar) han aumentado un 20%. Incluso el acaparamiento masivo ante la subida de precios ha hecho que escaseasen mercancías como el arroz, obligando al gobierno a importar 500.000 toneladas para satisfacer la demanda.

No son sólo las medidas del FMI las responsables de la explosión; más bien fueron la chispa que encendió la mecha. Como dijo Hegel, la necesidad se expresa a través del accidente: con o sin las medidas del FMI, se habría producido una explosión. El terreno se había estado preparando durante todo el período anterior, y el aumento de los precios del arroz, queroseno y otros productos básicos sólo fueron la gota que colmó el vaso. Cuando la rupia cayó a 10.000 por dólar, el FMI vio la oportunidad de arrancar más concesiones al gobierno de Suharto. Desesperado por recuperar la estabilidad de la moneda, Suharto aceptó todas las condiciones, incluso las más restrictivas. El nuevo acuerdo firmado por Suharto y el FMI el 15 de enero arrancaba concesiones en dos frentes. Primero, el régimen tenía que poner fin a los subsidios sobre la electricidad y el petróleo. El aumento de los precios energéticos mantendría alta la inflación durante un largo período. Las medias del aumento de los precios del petróleo y de la electricidad fueron del 47% y 60% respectivamnete. El FMI estimaba que la inflación alcanzaría una tasa del 20% anual, aunque en la práctica sería mayor. El peso caería sobre los sectores más pobres de la sociedad. Por ejemplo, la subida de los precios del petróleo afectaría a 50 millones de pobres en Java. Debido a la destrucción de sus bosques y las pérdidas ocasionadas por los incendios forestales, las masas dependen del queroseno tanto para cocinar como para hervir el agua que beben.

El 4 de mayo, el FMI ejerció más presión, y el gobierno indonesio anunció un aumento de los precios del transporte público. Sólo unas pocas horas más tarde se anunció la subida de los precios del combustible y la electricidad. La inflación ronda el 40% anual y los precios subieron un 4,7% en abril respecto al mes anterior. Algunos precios de combustibles subieron un 71%, afectando a autobuses, trenes y transporte en general, con un aumento medio del 65,61%. La subida más alta fue del 100,72%, en los trenes de clase económica, mientras la misma clase de los autobuses interurbanos aumentó un 50%. Los precios de los autobuses regulares y minibuses utilizados diariamente por la mayoría de la población subieron un 66,67% y 50% respectivamente __de 300 rupias (unos 4 centavos USA) a 500 para el autobús y de 400 a 600 para los minibuses__. Los precios de los trenes diésel subieron un 72,96%, y los de los barcos __muy importantes en un país donde hay un gran número de islas__, un 53,33%.

El ministro de Minas y Energía, Kuntoro Mangkusubroto reconoció que la subida de los precios sería algo duro para la población, pero dijo que esta decisión "era la mejor" de una lista de posibilidades "más duras y amargas". Estas medidas "duras y amargas" tuvieron un resultado que ni el gobierno ni sus colaboradores extranjeros, ni los burgueses líderes de la oposición podían anticipar. Estalló una explosión repentina y espontánea, la violencia apareció tan pronto como se anunció el aumento de los precios del combustible y el transporte.

"Todo el mundo se queja de los precios, según Yayah Syamsiah, un vendedor de pasta en Yakarta que tiene seis hijos. ‘¿Quién nos escuchará?’, clama la gente normal" (Associated Press, 5/5/98).

Una vez comenzado, el movimiento rápidamente adquirió un carácter estatal. En el norte de Sumatra, en su capital __Medan__, los disturbios estallaron el lunes, y unas 170 tiendas fueron destruidas, saqueadas o quemadas, mientras 38 coches y 21 motocicletas fueron destruidas, según informaba la propia policía. La reacción del régimen fue recurrir a la fuerza.

La estupidez de los estrategas del capital y su completa indiferencia ante el sufrimiento de las masas se expresa de manera contundente en los comentarios hechos por el director del FMI, Michel Camdessus, en Melbourne (Australia), tras el comienzo de las revueltas. Camdessus expresó su "profunda preocupación" por el motín indonesio, pero con asombrosa autosatisfacción dijo que la causa real del disturbio no eran las subidas de precios, sino los profundos problemas de dirección económica. Lo más increíble aún es que insistió en que el 71% de aumento del precio del petróleo que llevó a la revuelta en la ciudad de Medan era una medida "imprescindible para el futuro económico del país" y urgió a Yakarta a ponerse a la cabeza y aplicar el duro programa económico respaldado por el FMI. Dijo que el aumento del precio del petróleo era parte del acuerdo del FMI con Indonesia y describió las políticas del FMI como una medicina que creaba más pena al principio, pero al final conseguiría una economía más equilibrada. "Lo deplorable de esto [las revueltas] es que cada vez que ocurre siempre debemos recordar que nuestros programas no son el origen de estos problemas" (Sydney Morning Herald, 6/5/98).

¿Un movimiento anti chino?

El aspecto de las revueltas preferido de la prensa burguesa ha sido el ataque a los comercios chinos. No es un fenómeno nuevo en Indonesia, donde los chinos, que son sólo un 3% de los 202 millones de habitantes, dominan el comercio y controlan el 80% de las 163 empresas que cotizan en la Bolsa de Yakarta. Durante mucho tiempo han sido discriminados, discriminación que de vez en cuando se convertía en violencia, exacerbada por el hecho de que muchos de los hombres de negocios chinos eran destacados partidarios de Suharto. Para las masas, la tentación de asaltar tiendas __casi todas propiedad de chinos__ para llevarse comida y otras mercancías era irresistible. Trágicamente, fueron los pequeños comerciantes chinos las principales víctimas.

"Fueron los chinos los que más sufrieron. Los pequeños hombres de negocios en Chinatown pagaron el precio de generaciones de resentimiento racial y la actual alianza entre la familia de Suharto y algunos chinos fabulosamente ricos".

"Por supuesto, los chinos más ricos habían huido. Una multitud fue hacia la casa de Liem Sioe Liong, un rico inmigrante de la provincia de Fujian que se ha convertido en un multimillonario del cemento. La registraron e incendiaron. En el muro exterior pintaron: ‘el perro de Suharto’. Liem no estaba en casa: se había ido a EEUU" (Sunday Times, 17/7/98).

Desde el primer día, los medios de comunicación occidentales han tratado de utilizar estas cosas para presentar un dibujo distorsionado de los acontecimientos en Indonesia, como hicieron con Albania. Los periódicos están llenos de fotos de los saqueos y los incendios. En realidad, los "disturbios" reflejaban una protesta ciega contra los ricos y privilegiados, como cuando los amotinados estrellaban coches contra las tiendas y las quemaban, o atacaban a los bancos. Como la familia Suharto tiene el monopolio del "coche nacional" y peso en la banca, el mensaje era claro. El corresponsal de The Guardian observó: "Las empresas propiedad de los hijos de Suharto fueron los principales objetivos de los manifestantes" (The Guardian, 6/5/98). "La multitud en Yakarta parecía querer comenzar a desmantelar el imperio familiar cuando atacaron las sucursales del Banco Central de Asia, el banco privado más grande de Indonesia, en parte propiedad de Liem y de dos hijos de Suharto" (The Guardian, 15/5/98). El ambiente de los participantes se reflejaba en el siguiente artículo: "En la calle, Agius, un desempleado de 24 años era feliz por el caos: ‘los Suharto han saqueado nuestro país y ahora el pueblo les roba a ellos" (The Sunday Times, 17/5/98).

No es necesario explicar que el incendio de tiendas está muy lejos de ser una actividad revolucionaria. Es más una expresión de la desesperación y furia de las capas más oprimidas, que buscan vengarse por su situación. Esto incluso lo comprende la clase media víctima de la furia de elementos desclasados, como el propietario de un hotel incendiado: "¿qué se podía esperar? La gente está pasando hambre". El lumpenproletariado siempre trata de sacar ventaja en caso de una revuelta para sus propios fines, quemando y saqueando. Es bastante probable que agentes del régimen provocaran deliberadamente a estos elementos y los pusieron en contra de los chinos, para distraer la atención de los ricos.

En cualquier caso, es totalmente equivocado identificar la revolución con los tumultos. Aunque sea inevitable que los haya, ya que por su propia naturaleza una revolución agita las profundidades de toda la sociedad, elevando no sólo a la clase obrera, sino también a las capas sociales más pobres, oprimidas y desesperadas. Sin embargo, son totalmente accidentales y en absoluto son la esencia del movimiento. Los tumultos y saqueos eran ajenos a la manifestación política, como estaba claro incluso para las propias autoridades: "Estos son disturbios. No tienen nada que ver con la política o las manifestaciones" (Kompas, 8/5/98).

Deberíamos decir entre paréntesis que siempre hay elementos de reacción presentes en cada revolución, incluso en la Revolución Rusa, cuando las fascistas Centurias Negras y el lumpen, orquestados por la policía zarista, lanzaron ataques contra los judíos. Pero eso no alteró en lo más mínimo la naturaleza de la Revolución. Una vez el proletariado se hace con el firme control del movimiento, el lumpen es desplazado por el movimiento revolucionario de las masas.

El comienzo de una revolución

El proceso comenzó como una movilización de estudiantes. No hay nada raro en ello; aunque los estudiantes y los intelectuales no pueden jugar un papel independiente en la sociedad, sin embargo representan un barómetro extremadamente sensible que refleja fielmente el ambiente que hay en las profundidades de la sociedad. La Revolución Rusa, en sus primeras etapas a principios de los años 60 y 70 del siglo pasado, comenzó como un movimiento revolucionario de la intelectuales. La revolución española, a principios de los años 30, empezó como un movimiento de los estudiantes, como señalaba Trotsky en 1930:

"Las manifestaciones estudiantiles no son más que una tentativa de la joven generación burguesa, sobre todo pequeño burguesa, de encontrar una solución a la situación de equilibrio inestable en que se encuentra el país después de la pretendida liberación de la dictadura de Primo de Rivera, cuya herencia ha conservado íntegramente, al menos en sus elementos esenciales. Cuando la burguesía renuncia consciente y obstinadamente a resolver los problemas que derivan de la crisis de la sociedad burguesa y el proletariado no se encuentra aún en condiciones de asumir esta tarea, suelen ser los estudiantes quienes ocupan el centro del escenario. En el curso de la primera revolución rusa [1905], pudimos observar con frecuencia el mismo fenómeno, que para nosotros es sintomático; esa actividad revolucionaria o casi revolucionaria significa que la sociedad burguesa atraviesa una profunda crisis. La juventud pequeño burguesa, sintiendo que en el seno de las masas se acumula una fuerza explosiva, busca __a su modo__ hallar una salida a esta situación bloqueada, haciéndola progresar políticamente.

La burguesía contempla el movimiento estudiantil a veces con desconfianza y otras con aprobación: si la juventud da algunos empujones a la burocracia monárquica, no está mal… mientras "los niños" no vayan demasiado lejos y mientras no arrastren en su impulso a las masas trabajadoras.

Al apoyar el movimiento estudiantil, los obreros españoles han dado muestra de un seguro instinto revolucionario. Pero, por supuesto, deben desarrollar la acción bajo su propia bandera y bajo la dirección de su propia organización proletaria. El comunismo español es quien debe asegurarla, y para eso precisa una línea política correcta. La aparición de vuestro periódico, como decía más arriba, coincide con un momento extraordinariamente importante y crítico de la crisis, precisamente con el momento en que la crisis está punto de transformarse en revolución". (Trotsky, España 1930-36, págs. 10-11).

En Indonesia también los estudiantes están reflejando el ambiente general de descontento y oposición en la sociedad, y sacan fuerza y coraje de este hecho.

"Un estudiante, Ikrar Musabhakti, del Instituto Indonesio de Ciencias, decía: ‘mucha gente no puede decir abiertamente lo que dicen los estudiantes, aún tienen miedo, pero les apoyan. Están contentos con los estudiantes que dicen lo que no pueden decir" (The Guardian, 13/5/98).

La protesta de los estudiantes rápidamente se extendió por muchas zonas de Indonesia, a pesar del aviso del General Wiranto, jefe de las fuerzas armadas indonesias. El elemento más importante en la ecuación es la falta de miedo de los estudiantes, su voluntad de enfrentarse a los golpes, encarcelamiento y muerte en la lucha por una causa justa. Cuando las masas pierden su miedo el régimen está perdido. Sin armas, sin organización e incluso sin un programa claro ni perspectivas, estos jóvenes están preparados para enfrentarse a la policía y las tropas armadas. Numerosos informes dan fe de que los manifestantes están comenzando a responder a la violencia del Estado con piedras y cócteles molotov, y la policía no escapa impunemente:

"La oleada de acciones estudiantiles a través del país el jueves llevó a varios choques con las fuerzas de seguridad. Hubo víctimas en ambas partes: el número de estudiantes heridos era más alto días anteriores, muchos causados por porras, pelotas de goma, piedras y palos".

"El peor choque ocurrió en la Universidad de Sudirman, Purwoterko, en el centro de Java, donde 65 estudiantes resultaron heridos y 28 acabaron en el hospital. La mayoría han sufrido heridas de pelotas de goma, ocho seriamente heridos".

"El choque ocurrió cuando los estudiantes comenzaron a marchar pacíficamente al edificio de la asamblea local (DPRD) y trataron de rebasar el cordón de seguridad. Con las porras, las fuerzas policiales atacaron a los estudiantes, que opusieron resistencia; tras golpearles con sus porras, lanzaron gas lacrimógeno. El rector de la Universidad, Rubianto Misman, más tarde expresó su rechazo por el incidente".

"En Solo, Java central, hubo lanzamiento de piedras y cócteles molotov, causando víctimas en ambos bandos. Once estudiantes fueron arrestados y más tarde puestos en libertad, debido a una multitud de unos 8.000 estudiantes pidiendo su libertad. Las protestas en Riau fueron las mayores en diez años. Cuando los estudiantes trataron de ir a la residencia del gobernador, fueron interceptados por las tropas. Los estudiantes se lanzaron contra el cordón cuando estaban a veinte metros del edificio, y fueron atacados por cientos de policías. Utilizaron perros y gases lacrimógenos y las fuerzas de seguridad persiguieron a los estudiantes" (Kompas, 8/5/98).

De estos informes se desprenden varias cosas evidentes: a) el movimiento estudiantil comenzó con manifestaciones pacíficas, b) la policía trató de confinarles a los campus y evitar que extendiesen la lucha, c) los estudiantes se enfrentaron a la policía que utilizaron los métodos más violentos, d) lejos de intimidar a los estudiantes, la represión policial les enfureció más y radicalizó el movimiento, e) los estudiantes dieron pasos para organizar su autodefensa y pasaron a la ofensiva. El detalle de los estudiantes obligando a liberar a sus compañeros encarcelados es un testimonio elocuente de que la fuerza del movimiento sacudió a las autoridades y creó fisuras en el propio aparato represivo.

Los estudiantes demostraron valor e iniciativa, incluso improvisaron su propia "división motorizada" en alguna zona.

"En Ujungpandang, al sur de Sulawesi, miles de estudiantes en motocicletas y otros vehículos convergieron en la plaza de la ciudad, pero fueron obligados a dar marcha atrás por las fuerzas de seguridad. Los estudiantes se dispersaron en todas direcciones y comenzaron a recorrer toda la ciudad". (Ibid).

En muchos aspectos, el parecido con la revolución rusa de 1905 es extraordinario. El mismo informe dice: "Choques similares se registraron en la Universidad de Gunadarma, Kelapa Dua, Yakarta donde cientos de estudiantes de varias universidades formaron ‘fórums de debate libre’. Los problemas empezaron cuando los estudiantes de la Universidad de Jayabaya anduvieron cuatro kilómetros hasta la Universidad de Gunadarma y fueron atacados por el ejército. El Instituto de Ayuda Legal más tarde informó que al menos 52 estudiantes habían sido heridos. En la Universidad de Sahid, los estudiantes participaron en las protestas portando pancartas". Exactamente el mismo proceso ocurrió en 1905, cuando los estudiantes rusos también formaron "fórums de debate libre" a los que asistían los trabajadores. El movimiento se extendió a la capital, Yakarta, donde se representó el último acto.

"El choque en la Facultad de Tecnología de la Universidad de Jayabaya en Yakarta terminó con 21 estudiantes heridos enviados al hospital. Dos golpeados en el cuello y en el brazo mientras otros sufrieron golpes y resultaron conmocionados por el gas lacrimógeno. Un estudiante resultó herido de bala, el rector anunció que no habría clases el viernes" (Ibid).

Divisiones en el régimen

Como ocurre en cada revolución, cuando la presión llega desde abajo el régimen comienza a dividirse. Un sector es partidario de utilizar la fuerza bruta para aplastar a la oposición, mientras otro quiere alcanzar un acuerdo. El punto de inflexión fue el asesinato el 12 de mayo de seis estudiantes en la Universidad de Trisatki, en Yakarta, durante una manifestación pacífica. El ambiente entre la policía lo describe The Economist:

"Las fuerzas de seguridad se suponía iban armadas con pelotas de goma y gas lacrimógeno, pero parece ser que perdieron el control, igual que los manifestantes. Al día siguiente, los manifestantes hicieron hogueras en el distrito comercial de Yakarta. Pandillas de saqueadores montados en motocicletas desafiaron las cargas policiales, atacando tiendas y supermercados. Otras 12 personas murieron, algunas en un bar que fue incendiado. La policía lanzaba palos contra las personas normales que estaban tratando de regresar a su casa a través de las calles cada vez más peligrosas" (The Economist, 16/5/98).

Según The Economist, los asesinatos de la Universidad de Trisatki (por cierto, una Universidad de élite) fueron "la chispa que causaron la extensión de la frustración y furia al todo el país". Antes de ellos, los manifestantes eran pacíficos.

"Tritsatki, la universidad donde fueron asesinados los estudiantes, es la elegida por las clases medias ricas. Muchos ya han dejado de apoyar a Suharto, pero otros todavía lo apoya porque piensan que la elección es entre él y el caos. Pero la perspectiva de ver cómo disparan a sus propios hijos puede cambiar las cosas" (The Economist, 16/5/98).

Los funerales de los estudiantes muertos se convirtieron en mítines de la oposición:

"El miércoles, los funerales de los estudiantes crearon una oleada de emoción. Los responsos fueron oficiados por los dirigentes de la oposición, como Megawati Sukarnoputri, hija del anterior presidente de Indonesia, Sukarno, derrocado por Suharto en 1966. Lo más curioso es que entre los asistentes estaba el comandante en jefe del ejército, el general Sjatrie Skamsoeddin" (The Sunday Times, 17/5/98).

Temeroso por la repentina insurrección de las masas, Suharto trató de dar marcha atrás en las impopulares subidas de precios. La influyente Asociación de Intelectuales Musulmanes de Indonesia (ICMI) calificó las medidas de Suharto como "vagas, pocas y tardías" (Agencia France Press, 7/5/98). El Yakarta Post del 17 de mayo citaba al anterior ministro y hombre de negocios, Siswono Yudohusodo, que planteaba la necesidad de reformas políticas y económicas inmediatas y una remodelación del gabinete, para intentar solucionar la crisis:

"En ciertos aspectos, la reforma viene con retraso y podría encender la mecha de cambios drásticos que podrían convertirse en una revolución". Estas palabras son un testimonio incalculable de lo que piensa un sector de la clase dominante: debemos hacer inmediatamente una reforma desde arriba para evitar una revolución desde abajo.

"El sistema ha fracasado. Todo el mundo puede ver que no funciona. Necesitamos una nueva Indonesia. Tenemos que usar toda nuestra riqueza en el desarrollo, pero el hecho es que mucha gente aún es pobre. Políticamente estamos también en bancarrota" (The Guardian, 13/5/98). Las fisuras en el régimen se reflejan incluso en antiguos colaboradores de Suharto, como el portavoz del parlamento: "En una ruptura revolucionaria con una historia de servil obediencia hacia Suharto, que ha gobernado más de 30 años, el portavoz del Parlamento, Harmoko, dijo que el viejo autócrata ‘se retiraría por la integridad y unidad de la nación" (The Guardian, 19/5/98). El General Wiranto, para calmar las protestas, dijo a los estudiantes que sus demandas de reforma política habían sido escuchadas y les animó a acabar con las manifestaciones, pero no obtuvo ningún eco. El movimiento cogía nuevas fuerzas y vigor por cada paso atrás que daba el régimen. Lejos de acabar con la rebelión, las propuestas de concesiones la estimulaban al ser interpretadas, correctamente, como un signo de debilidad.

Lo extraordinario no es sólo el alcance del movimiento, sino también lo rápido que se ha desarrollado la conciencia, pasando rápidamente de una protesta contra el empeoramiento de las condiciones de vida, a objetivos claramente políticos. La actitud de los estudiantes hacia el régimen es resumida gráficamente en el siguiente incidente:

"En la capital, unos 500 estudiantes organizaron un mitin en el campus del Instituto de Enseñanza de Profesores, al este de Yakarta, quemando una efigie de Suharto y culpándole de la crisis económica que está afectando al país. En la protesta, los estudiantes escenificaron un juicio en el cual la ‘Corte Extraordinaria del Pueblo’ acusaba a Suharto de asesino de masas y de corrupción".

"En el juicio los estudiantes acusaron a Suharto de asesinar a más de 1,5 millones de personas durante su ascenso al poder en 1965-1966, en Timor Oriental en 1975, en los misteriosos asesinatos de 1983 y en la rebelión de Tanjung Priok en 1984. Los estudiantes declararon a Suharto culpable y lo sentenciaron a muerte" (Deutsche Presse-Agentur, 8 de mayo de 1998).

Los diplomáticos residentes en Yakarta dijeron que esta escenificación de juicio marcaba un nuevo peldaño en el tono de las protestas antigubernamentales, que en el pasado mostraban respeto hacia el dirigente de 76 años de edad. De la misma manera, en Rusia, antes de enero de 1905, las masas tenían ilusiones en el "padrecito", el zar. La brutal represión que sufrieron el Domingo Sangriento acabó con ellas. Igualmente, la estupidez de la policía indonesia al abrir fuego contra los estudiantes con munición real transformó completamente la situación. Todo el odio y rabia acumulados se han concentrado ahora en la persona de Suharto. La indignación ante los actuales asesinatos está unida a la memoria de las atrocidades pasadas, produciendo una mezcla explosiva. Esto es una espada de Damocles para el capitalismo y el imperialismo.

La clase dominante indonesia está dividida. Un sector quiere mantener a Suharto tanto como sea posible, incluso el portavoz del parlamento ‘un viejo compinche del presidente’ le pidió que se retirase. Pero otro sector se resiste, temiendo que el movimiento derive en algo que no puedan controlar. Las declaraciones contradictorias del general Wiranto subrayan las divisiones y vacilaciones de la clase dominante, que es la primera condición para una revolución. La segunda es que la pequeña burguesía, las capas medias de la sociedad, vacilen entre el statu quo y la revolución; en realidad, la gran mayoría de la clase media está dando la espalda al régimen o luchando activamente contra él, como demuestra el movimiento estudiantil. La tercera condición es que la clase obrera, que ya ha entrado en la arena de la lucha, esté preparada para luchar por un cambio radical en la sociedad.

Pero el factor decisivo que está ausente es el factor subjetivo: un partido revolucionario y una dirección capaz de proporcionar la organización, programa y perspectivas necesarios para unir al movimiento y llevarlo a la toma del poder. Las consignas del partido son claras: ¡Las fábricas para los trabajadores! ¡La tierra para los campesinos! ¡Por una solución democrática y justa al problema nacional! ¡Rechazo de todas las deudas externas y nacionalización de todas las propiedades imperialistas sin indemnización! ¡Confiscación de todas las propiedades de la camarilla de Suharto! ¡Por una huelga general revolucionaria para derrocar al régimen! ¡Por la inmediata formación de comités democráticamente elegidos de trabajadores, campesinos, soldados y estudiantes, que tomen en sus manos el funcionamiento de la industria, el Estado y la sociedad! Sólo el gobierno democrático de la clase obrera puede limpiar la sociedad indonesia de toda la suciedad y corrupción del pasado y comenzar el camino hacia una sociedad socialista.

El movimiento sólo puede triunfar en última instancia sobre la base del internacionalismo: el derrocamiento del latifundismo y el capitalismo del resto de Asia y del mundo. Pero la victoria del proletariado indonesio cambiará inmediatamente la situación de toda Asia. En caso de una revolución triunfante de los trabajadores y campesinos indonesios, los débiles regímenes capitalistas de la zona se enfrentarían a poderosos movimientos revolucionarios. Se abriría el camino a la extensión de la revolución al resto de Asia.

El papel de la clase obrera

La cuestión decisiva es el papel de la clase obrera. Como en la Rusia zarista de hace cien años, la afluencia de inversión extranjera ha fortalecido a la clase obrera y sentó las bases para una erupción tormentosa del movimiento huelguístico. El desarrollo de la industria proporcionó enormes beneficios a los empresarios extranjeros e indonesios, pero paralelamente ha conducido a un empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores. El abismo entre ricos y pobres ha alcanzado su punto culminante por la emergencia de entre 20 y 30 familias enormemente ricas que controlan gigantescos negocios, denominados konglomerat. El mayor de ellos pertenece al hijo de Suharto y a uno de sus socios políticos más cercanos. Al mismo tiempo, los salarios de los jóvenes en Indonesia eran de sólo 2-3 dólares al día, a menudo teniendo que desarrollar su trabajo en condiciones peligrosas. Al mismo tiempo, el campesinado sufrió impuestos cada vez más altos y otras cargas administrativas. Cualquier acto de protesta de los trabajadores o campesinos contra los bajos salarios o la corrupción se encontraba con la represión.

El incremento de los precios del combustible, la electricidad y el transporte provocó una oleada de huelgas por toda Indonesia. Miles de trabajadores se declararon en huelga para exigir aumentos salariales. Más de 4.000 obreros participaron en una asamblea frente a dos fábricas de cerámica en Tangerang (Yakarta); otros 1.500 de una empresa maderera en Kerewang, al oeste de Java, se declararon en huelga: "Sabemos con absoluta certeza que la dirección de la empresa ha obtenido enormes beneficios a pesar de la crisis económica, porque nuestros productos se destinan a la exportación, pero nuestros salarios permanecen igual y los productos de primera necesidad se ponen por las nubes" (Agence France Press, 7/5/98).

A través de su propia experiencia, los estudiantes están sacando conclusiones revolucionarias y ven la necesidad de hacer un llamamiento a la clase obrera. Ryass Rasyid, un científico indonesio, dice que las demandas de los estudiantes y los sectores que los apoyan van más allá y ahora quieren la dimisión del Presidente y la convocatoria de una sesión de emergencia de los 1.000 miembros de la Asamblea Consultiva del Pueblo. Según Ryass, las manifestaciones de estudiantes sólo podrían ser paradas por la fuerza militar o con reformas políticas, además añadía una frase muy significativa:

"He presenciado los esfuerzos de los estudiantes pidiendo colaboración a los trabajadores. Por lo tanto es muy urgente que el Gobierno entre en acción para adaptarse a las aspiraciones del pueblo" (Sydney Morning Herald, 7/5/98).

Desde el principio, los trabajadores mostraron su infalible instinto revolucionario para apoyar a los estudiantes. Hay numerosos informes que demuestran cómo los trabajadores participaron en las manifestaciones estudiantiles:

"No es una simple protesta estudiantil, porque implica a la gente normal’, dice un jefe de policía, ‘hay miles de personas enfurecidas tratando de quemar casas. Están quemando neumáticos y volcando coches’. Al menos 20 oficiales resultaron heridos y 59 personas fueron arrestadas el lunes" (Associated Press, 5/5/98).

"En la ciudad de Solo (Java), a 650 kilómetros de Yakarta, unos 5.000 estudiantes participaron, junto a los trabajadores, en los choques con las fuerzas de seguridad y al menos 130 personas resultaron heridas" (Deutsche Presse-Agentur, 8/5/98).

En un artículo en el Straits Times el 3 de mayo, Derwin Pereira destacaba el hecho de que los trabajadores estaban participando en las protestas estudiantiles:

"Miles de estudiantes indonesios participaron en mítines a lo largo y ancho del país contra la decisión de Suharto de excluir reformas políticas en los próximos cinco años".

"Por primera vez, los trabajadores participaron junto a ellos en varios campus de la capital como ‘muestra de solidaridad’, para demostrar a los estudiantes que no están solos".

"Abdul Kadir, un obrero, dijo que él y otros 300 trabajadores de una fábrica en Tanggerang, al este de Yakarta, participaron en una manifestación frente a la facultad de medicina invitados por los dirigentes estudiantiles de la universidad".

"Nuestro objetivo es convertir el movimiento en los suficientemente grande como para presionar al gobierno. No estamos contentos con la situación de Indonesia. El gobierno nos oprime y no nos ayuda. Cada vez más, en mayor número, nos uniremos a la causa de los estudiantes".

"Los trabajadores llevaban banderas rojas para distinguirse de los estudiantes, que llevan las chaquetas amarillas distintivas de la universidad más importante del país. Junto a los 3.000 estudiantes, creaban una atmósfera típica de carnaval, cantando canciones y consignas políticas pidiendo el fin de Suharto" (The Straits Times, 3/5/98).

La participación de los trabajadores en las protestas estudiantiles es un síntoma de tremenda importancia. Sólo el movimiento revolucionario del proletariado indonesio, unido a la lucha de estudiantes, campesinos y nacionalidades oprimidas, puede impulsar la transformación de la sociedad. La clase obrera indonesia es muy poderosa; una vez organizada para luchar bajo la bandera de la revolución socialista, será una fuerza imparable. Si existiera un genuino partido comunista, ya habría tomado el poder. Sólo la ausencia del factor subjetivo puede evitar que esto ocurra.

El PRD (Partido Comunista indonesio) está atrayendo a los elementos más revolucionarios y decididos de los trabajadores y la juventud. Su heroísmo y dedicación a la causa de los trabajadores está fuera de toda duda, pero para tener éxito el coraje no es suficiente. Son necesarios un programa revolucionario y una perspectiva, pero el programa y la política de la dirección del PRD no coloca en el orden del día la toma del poder por la clase obrera en alianza con los campesinos pobres, sino que busca la salida en la denominada "burguesía progresista". Por este camino, lo único posible es la derrota. Esa misma política fue la que llevó a la catástrofe de 1965-66, es necesario aprender de las lecciones del pasado para no repetirlas.

En una declaración publicada el 31 de julio de 1997, el PRD afirmaba: "El PRD, como defensor de la soberanía del pueblo, como un partido de los oprimidos, continuará luchando con todas sus fuerzas, habilidad y resistencia por la justicia social, la paz y la democracia. La democracia es el puente que puede conducir a una sociedad más civilizada, reflejando las aspiraciones del pueblo. El PRD cree que ‘la voz del pueblo es la voz de Dios’. En medio de la actual represión, con los dirigentes del PRD encarcelados por el régimen, en medio de la propaganda del régimen, en medio de la hipocresía de los gobiernos extranjeros, el PRD continuará su lucha". Esto es absolutamente correcto, pero tal demanda debe ser puesta en práctica. Primero es necesario romper con la burguesía y conducir a la clase obrera a la toma del poder. La expropiación de los imperialistas y de aquellos que apoyan a Suharto, es decir, la expropiación de todos los grandes intereses capitalistas en Indonesia, supone una ruptura radical con el capitalismo. Esto nunca será aceptado por la denominada ‘burguesía progresista’, con la que el PRD está aliado. Para poner este programa en práctica, es necesaria una política de independencia de clase. Los aliados que necesita el proletariado tienen que ser aliados en la lucha, no en las palabras. Es decir, los campesinos pobres, los pobres de las ciudades y los estudiantes, no los políticos burgueses que quieren llegar al poder sobre las espaldas de los trabajadores. La lucha por la democracia sólo puede ganarse luchando hasta el final contra el imperialismo y la oligarquía. Eso significa que la clase obrera debe tomar el poder en sus propias manos, expropiar a los terratenientes y capitalistas, y llevar adelante la transformación revolucionaria de la sociedad.

Lo más importante es que los estudiantes, a través de su experiencia en la lucha, están llegando a las conclusiones necesarias. Un informe de Australian Gres Left Weekly (nº 318) cita las palabras de una estudiante: "Akiko describía la atmósfera actual en Yakarta, donde la consigna demokrasi está siendo reemplazada en las calles por la llamada a la revolusi, y ella nos instó a trabajar duro para ayudar a cambiar al gobierno indonesio y liberar a los presos". La tendencia revolucionaria entre los trabajadores y estudiantes inevitablemente se fortalecerá según se desarrolle el movimiento.

La burguesía trata de confortarse afirmando que las cosas no van a llegar al punto de una embestida revolucionaria, diciendo cosas como que "los pueblos están tranquilos". Es como si un hombre que se está ahogando tratara de agarrarse a una pajita para salvarse. El impulso revolucionario inevitablemente se trasladará a los pueblos y ciudades. Habrá nuevas manifestaciones y revueltas, no sólo de trabajadores sino también de campesinos. El ambiente de rebelión de los soldados crecerá. Si existiera un partido que estuviera preparado para la toma del poder, ganar al ejercito sería mucho más fácil. Pero como demostró el caso de Albania, incluso sin la existencia de tal partido, si las masas muestran la suficiente determinación y coraje, pueden ganar al ejército en el curso de la lucha. Cada vez más, los soldados comprenden que las masas hablan en serio, que no es una simple revuelta sino un serio intento de transformar la sociedad. Por su parte, los estudiantes han demostrado un profundo instinto al confraternizar con los soldados. Esta situación también se trasladó a la cúpula militar. El yerno de Suharto, el jefe de las tropas de choque, quería aplastar el movimiento, pero otros generales llamaban a la calma. A pesar de esto, los elementos pro Suharto, estaban preparados para utilizar la fuerza. En vísperas de la manifestación de masas del 20 de mayo, las unidades que confraternizaron con los manifestantes fueron retiradas de Yakarta y reemplazadas por unidades de élite.

"El traslado de la unidad demostraba el desacuerdo entre sectores de los oficiales jóvenes sobre cómo manejar las protestas contra el régimen. Están aquellos que saben que caerán junto a la familia Suharto, los que esperan que el ejército pueda dirigir una transición pacífica y, por supuesto, los que ambicionan sucederle" (Sunday Times, 17/5/98).

El periódico El País informaba de un incidente en el que un soldado disparó a los manifestantes y sus propios compañeros le golpearon. En estas condiciones, un choque serio entre las tropas y los manifestantes supondría la ruptura del ejército. Si las masas estuvieran organizadas para tomar el poder, el ejército se rompería en pedazos a la primera prueba.

Los imperialistas, paralizados

La inexorable presión del FMI, utilizando el látigo de la deuda externa indonesia de 80.000 millones de dólares, ha puesto al país a sus rodillas. Pero ahora, frente al peligro inminente de la revolución, los imperialistas se han quedado paralizados e incapaces de actuar. El Financial Times se quejaba de que el Grupo de los Ocho, después de su última reunión, no hubiese pedido la destitución de Suharto. Para estos caballeros, sentados en sus confortables oficinas a miles de millas de distancia, el problema se puede solucionar fácilmente: destituir a Suharto y ya está. Desgraciadamente, el problema no es tan fácil de solucionar. La destitución de Suharto no es el fin de la revolución, sino el comienzo. Por eso los líderes del G8 no han pedido su dimisión. Sus asesores sin duda les han avisado que la salida de Suharto podría abrir las puertas al desastre. El dilema es históricamente familiar para la burguesía: las reformas desde arriba para evitar una revolución desde abajo, a menudo han tenido el efecto contrario. Quitar a Suharto sería un peligro; no hacerlo, un peligro mayor. Hagan lo que hagan será un error.

Mientras públicamente reclaman los derechos humanos en Indonesia, Washington ayudó en secreto a Suharto hasta el final, como se demostró con la reciente visita del secretario norteamericano de Defensa, William Cohen, a Yakarta. Cohen señaló que EEUU respaldaría a Suharto políticamente durante este período. Dejó claro que esa "estabilidad estructural" en el Sudeste Asiático era prioritaria para EEUU y que Indonesia figuraba como tema central. Al preguntarle sobre las intenciones de Suharto de mantenerse como presidente, Cohen contestó: "Yo no intento descubrir sus aspiraciones políticas. Pero, por lo que he visto, es muy fuerte y goza de una excelente salud. Es bastante diferente a los rumores que están circulando últimamente". Cohen respaldó estos comentarios con gestos más concretos, prometiendo presionar al Congreso de EEUU para que Indonesia participase en el programa de entrenamiento militar del Pentágono. El Congreso suspendió la participación de Indonesia tras una campaña de algunos de sus miembros por las violaciones de los derechos humanos en Timor Oriental.

La reunión de Cohen con el comandante en jefe de las fuerzas armadas, Feisal Tanjung, se realizó dos días después de unas declaraciones de éste: "Las fuerzas armadas no vacilarán en hacer pedazos todos los grupos antigubernamentales". Tanjung añadió que el ejército estaría preparado para afrontar cualquier amenaza contra la seguridad de la Asamblea Consultiva del Pueblo (MPR) reunida en marzo. "Estaremos preparados para impedir las maniobras de cualquier grupo, sea de derecha o de izquierda, que intente atentar contra el gobierno". También dijo que la agencia de inteligencia, Bakin, estaba vigilando de cerca a todos los grupos extremistas que están planteando interrumpir las reuniones de la MPR. A Occidente le gustaría que el proceso se desarrollara de forma que sus intereses quedaran intactos, es decir, que el capitalismo y el imperialismo mantengan su dominación sobre el pueblo indonesio. Sus amenazas son, en palabras de Shakespeare, ‘sonido y furia, que no significan nada’.

Los disturbios han paralizado momentáneamente la economía. Un reciente artículo señalaba:

"La actividad en el puerto de Medan (Belawan) es baja. Muchos camiones están parados en las calles debido a la violencia. Medan, la tercera ciudad de Indonesia, es el principal centro comercial de aceite de palma, cobre y café. Tiene dos millones de habitantes, es el principal centro comercial y de mercancías de Indonesia occidental.

En Malang, al este de Java, los estudiantes y la policía se enfrentaron en dos incidentes separados, con el resultado de 49 policías y 30 estudiantes heridos. El Jawa Post decía que los heridos se produjeron en un choque con estudiantes de instituto, cuando las fuerzas de seguridad utilizaron gas lacrimógeno, cañones de agua y disparos al aire, mientras los estudiantes lanzaban piedras y escombros" (Kompas, 8/5/98).

Los imperialistas están huyendo de Indonesia como ratas escapando de un barco que se hunde:

"Entre los miles de extranjeros que abandonan el país, algunos son prominentes banqueros y brokers cuyos enormes préstamos están ligados con las empresas indonesias que han ayudado a profundizar la crisis y el caos social. Los burócratas del FMI y del Banco Mundial, cuyas prescripciones de austeridad económica y aumento de los precios levantaron el odio popular, dejaron el país a toda prisa" (The Sunday Times, 17/5/98).

Los mismos caballeros de traje gris que ayer se jactaban de las fortunas que estaban haciendo en Asia, ahora están huyendo.

"Lo que está ocurriendo en Indonesia va más allá de lo económico, según Walter Cheung, el director ejecutivo del Canadian Imperial Bank of Commerce" (The Guardian, 7/5/98).

Durante tres décadas cerraron los ojos ante la dictadura sangrienta de Suharto porque les proporcionaba la ‘estabilidad’ necesaria para robar y explotar al pueblo indonesio. Ahora, ese pueblo está vengándose. Ya no hay estabilidad: el despiadado dominio del imperialismo y sus asesinos locales ha hundido a Indonesia en la crisis. El capital extranjero ha huido y no volverá hasta que un nuevo régimen le proporcione ‘estabilidad’, a costa de los trabajadores y campesinos. Esto significa que el pueblo de Indonesia se enfrentará a un prolongado período de terribles dificultades económicas, desempleo y pobreza, a menos que la clase obrera tome el poder en sus manos y ponga fin de una vez por todas a la dominación monopolista del capital extranjero y sus agentes locales. Si la revolución indonesia tuviera éxito, sería una revolución nacional genuina, es decir, una revolución antiimperialista. Pero la revolución nacional en las condiciones actuales sólo puede tener éxito como una revolución anticapitalista en la que el campesinado y el resto del pueblo explotado se unan bajo la dirección de la clase obrera. Las tareas de la revolución democrática nacional conducirían directamente a la revolución socialista. La burguesía no puede ofrecer una salida, toda la historia de Indonesia desde la Segunda Guerra Mundial es una prueba de ello.

Las maniobras de Suharto

La dimisión de Suharto por sí misma no resuelve nada. En primer lugar, ha maniobrado para instalar en su lugar a su secuaz, el vicepresidente Habibie. Se ha anunciado un gobierno de transición que supuestamente convocará elecciones en seis meses. Pero seis meses es mucho tiempo en estas condiciones. Todo el país se ha puesto en pie, se han levantado esperanzas. La dimisión del odiado dictador creará en las masas un sentido de su propia fuerza. Por otro lado, la crisis económica se profundizará como resultado de la retirada del capital extranjero. El colapso de la producción y el comercio creará un nuevo peligro. Indonesia está amenazada con una terrible catástrofe, los exportadores de otros países no están dispuestos a enviar comida a menos que les paguen al contado. "Con la crisis financiera de Indonesia profundizándose y el sistema financiero paralizado, los problemas crecerán. Los precios de la carne, el arroz y los vegetales han subido en Yakarta un 10% desde las últimas revueltas, además del profundo aumento de los precios desde que comenzó la crisis económica de Indonesia a finales del año pasado" (Financial Times, 20/5/98). Y añade: "A menos que los créditos estén avalados por instituciones de terceros países, como Hong Kong o Singapur, suspenderemos los envíos" (Ibid).

Esto significa que rápidamente Indonesia estará amenazada por el hambre. Los imperialistas, que han sangrado a los países del Tercer Mundo durante generaciones, pueden cortar el grifo de las ayudas sin tener en cuenta los efectos Los estudiantes y trabajadores deben exigir que haya un estricto control de los precios por los consejos de trabajadores, estudiantes y campesinos. Imaginar que las masas se contendrán durante seis meses mientras sus problemas crecen es una utopía. Habrá nuevas explosiones. La cuestión de la democracia se unirá de manera inevitable en las mentes de la gente con la catástrofe económica y la responsabilizarán de ello. Será más obvia la maniobra de Suharto para proteger sus intereses y los de su familia, y que continúa gobernando a través de su títere Habibie.

La noticia de la dimisión de Suharto fue acogida con entusiasmo. Los estudiantes y otros opositores bailaban en las calles. Escenas como éstas se han visto en el comienzo de toda revolución en la historia. Es una etapa ineludible, la del regocijo general e ilusiones democráticas, como en febrero del 17 en Rusia o en 1931 en España. Pero después de las celebraciones iniciales, pronto aparece la desilusión, preparando la siguiente etapa, de radicalización de las masas y una rápida polarización hacia derecha e izquierda. Teniendo en cuenta la profunda crisis de Indonesia, la fase del regocijo no durará mucho. Los estudiantes son ya hostiles hacia Habibie y cada vez más críticos con los dirigentes de la oposición burguesa que se esfuerzan en apoyarle.

Los dirigentes de la oposición burguesa han mostrado su auténtica cara al aceptar inmediatamente a Habibie. Amien Rais, cabeza del movimiento musulmán Muhammadiyah, proclamó al gobierno de Habibie como "el legítimo gobierno de Indonesia". En realidad, la "legitimidad" de Habibie consiste en el hecho de que fue designado personalmente por el dictador Suharto y ratificado por el Parlamento. La auténtica razón por la que Rais y compañía quieren reconocer a Habibie es porque están aterrorizados ante la posibilidad de que el movimiento de las masas vaya más allá de los límites del sistema burgués. Los estudiantes ya están exigiendo que Suharto y sus compinches sean sometidos a juicio. Las tres mayores organizaciones estudiantiles han rechazado la sucesión de Habibie. "Rechazamos la elección de Habibie a la presidencia porque él es parte del mismo régimen", declaró Rama Pertama, presidente del senado de estudiantes de la Universidad de Yakarta.

Los jefes del ejército también han respaldado a Habibie. Tan pronto como juró el cargo, Wiranto, el jefe de las fuerzas armadas, "declaró que el ejército apoya al nuevo presidente y dijo que el ejército evitaría nuevos disturbios. También prometió proteger a Suharto y a su poco popular familia" (Financial Times, 22/5/98).

Wiranto y la casta militar quieren ‘orden’, es decir, la preservación del antiguo régimen opresivo pero con un collar diferente. Por eso respaldan a Habibie como candidato "constitucional" y amenazan con utilizar la fuerza contra todo el que se oponga a él. Sin embargo, las amenazas de Wiranto no pasan de las palabras. La imposibilidad de utilizar el ejército contra las masas en esta etapa se demostró en las divisiones por arriba antes de la caída de Suharto, lo que constituye una prueba de que la reacción está paralizada. Si hubiera una genuina dirección revolucionaria, los trabajadores y estudiantes podrían tomar el poder pacíficamente, sin una guerra civil. Pero si los trabajadores no toman el poder, el mismo Wiranto estará preparado para caminar sobre ríos de sangre para estrangular la revolución.

Wiranto y otros generales reaccionarios comenzarán a fraguar conspiraciones que causarán nuevos alzamientos. Una y otra vez, los trabajadores se movilizarán para cambiar la sociedad. El movimiento se revelará, con alzas y bajas, durante un período de varios años antes de que se encuentre la salida final, sea el camino de la revolución o el de la contrarrevolución. Las masas aprenderán a través de la dura escuela de la experiencia. Uno tras otros, los llamados dirigentes "democráticos" serán desenmascarados, y el sector revolucionario ganará en fuerza.

Está descartado que Habibie dure mucho tiempo. La situación desesperada de las masas inevitablemente terminará con nuevos movimientos revolucionarios. A pesar de ellos mismos, los dirigentes de la burguesía serán aupados al gobierno, donde demostrarán ante todos la bancarrota de su política. Los estrategas del capital lo han comprendido ya: "Podríamos ver un gobierno de unidad nacional que podría incluir a Amien Rais, Try Sutrisno y posiblemente incluso a Ginajar [Kartasasmita, el ministro de Economía e Industria]. Cualquiera que pueda tener el apoyo de las fuerzas armadas" (Financial Times, 22/5/98).

La primera exigencia de un partido revolucionario en Indonesia sería la expropiación de todas las propiedades de la familia Suharto y sus colaboradores. Durante décadas han saqueado al pueblo indonesio, no es suficiente con que Suharto se vaya. Todos sus bienes deben ser devueltos al pueblo. Suharto se aferró al poder precisamente porque temía perder todas sus riquezas y propiedades. Está maniobrando para preservar su privilegiada posición y la de su familia, mientras hace cambios cosméticos que no alteran nada en esencia. La comprensión por las masas de esto dará un impulso a la revolución y le conferirá un carácter incluso más implacable.

La mentira que han lanzado es que todos son partidarios de las "reformas", que la nación está "unida" y que incluso Suharto quiere la reforma. ¿Qué credibilidad pueden tener las elecciones si todo el viejo aparato del Estado permanece intacto? La cuestión es: ¿quién las convocará? ¿En qué condiciones se celebrarán? El pueblo indonesio, tras 32 años, conoce bien cómo son las promesas "de buena fe". La cuestión no es elecciones con o sin Suharto, sino el derrocamiento del régimen y la abolición revolucionaria de la corrupción y opresión que sustenta. La revolución que ahora se está desarrollando ante nuestros ojos no será un simple acto, se desarrollará durante meses y años, con alzas y bajas, ganará en alcance e intensidad, con nuevas capas incorporándose cada vez más radicalizadas. Es necesaria una limpieza que elimine a toda persona que haya estado vinculada al régimen, aquellos que han cometido crímenes contra el pueblo deben ser juzgados y condenados. Y lo más importante, la riqueza robada al pueblo debe ser expropiada.

No se puede esperar de la oposición burguesa que lleve adelante estas medidas. En Occidente, Amien Rais está siendo presentado como el supuesto dirigente de la oposición democrática. Pero en realidad ha surgido como un oponente al régimen de Suharto sólo desde las elecciones de mayo de 1997. Antes, sus críticas, alguna vez bastante profundas sobre temas específicos, permanecieron dentro del marco de la leal oposición a "Su Majestad". Sólo en los últimos meses, al ver cómo se movía el suelo bajo sus pies, comenzó a pedir la caída de Suharto. Incluso después, en cada momento ha actuado como un freno al movimiento, haciendo todo lo posible para evitar un conflicto decisivo, echando agua fría al movimiento de masas y protegiendo al viejo régimen, del cual en el fondo es parte. La burguesía está paralizada por el miedo. Miedo a las masas, miedo al ejército, miedo a una rebelión, miedo al imperialismo…, miedo a todo. Están aterrorizados de llegar al poder, de ahí su cobarde apoyo a Habibie. Y desdichadamente los dirigentes del PRD temen romper con la burguesía liberal. Pero llegados a cierto punto, las masas los agarrarán por el cuello y los impulsarán al gobierno, donde serán puestos a prueba.

Este hecho quedó claro cuando Rais, a pesar de toda su demagogia anti régimen, anunció la suspensión de la manifestación de masas convocada para el 20 de mayo. No hay duda de que ésa iba a ser la mayor manifestación en la historia de Indonesia. Enfrentado a tal movimiento y a tan vasta escala, el régimen sería impotente. La revolución se podría haber logrado pacíficamente. Los dirigentes de la oposición burguesa tratan de ocultarse tras la excusa del riesgo de violencia y guerra civil. Pero en realidad lo que temen es el movimiento de las masas. Para llevar al movimiento hasta el final será necesario apartar a esos denominados "dirigentes", cuyo único propósito en la vida, mientras discuten por los puestos, es salvar tanto como les sea posible al antiguo régimen, a costa de las masas en cuyo nombre falsamente hablan y a las que traicionarán a la primera oportunidad. El primer deber de cualquier demócrata honesto y consecuente es desenmascarar a los falsos líderes del pueblo. No hay soluciones a medias ni malos compromisos, es necesario llegar hasta el final. Para este propósito, los trabajadores, los campesinos y los estudiantes no pueden depositar su confianza en los burgueses liberales, sino sólo en sí mismos, en su lucha, en el movimiento revolucionario de las masas.

Los estudiantes exigen que Suharto sea sometido a juicio, ¡por supuesto! Este monstruo asesinó a más de un millón de personas. Eso no puede ser olvidado. El tirano tendrá que expiar sus monstruosos crímenes. El pueblo clama venganza. Si Suharto no se escapa a tiempo, tendrá el mismo destino que Ceaucescu, a quien en muchos aspectos se parece. Su régimen está manchado de sangre y el grado en que ha saqueado a la población significa que será difícil aplacar a las masas. El tiempo para las palabras, promesas y discursos ha pasado, las masas ven sus niveles de vida desplomarse: los salarios reales se han reducido a la mitad en los últimos meses, mientras los precios suben. Por supuesto, si los imperialistas estuvieran dispuestos a poner grandes sumas de dinero las cosas serían diferentes, pero esto está fuera de toda duda. Hay muchos regímenes en dificultades. Lejos de ayudar al dictador, Occidente le pondrá una pistola en la sien, ¡no hay honor entre ladrones! Los grandes monopolios occidentales están reteniendo sus inversiones hasta ver las intenciones del nuevo gobierno. Quieren una señal cara de que se están acometiendo "reformas", es decir, que continúa con la política dictada por el FMI y descargando el peso de la crisis sobre los hombros de trabajadores y campesinos.

¡La revolución asiática ha comenzado!

Éste es el comienzo de la revolución no sólo en Indonesia, sino en toda Asia y en potencia a escala mundial. Por todas partes, la crisis económica está intensificando la polarización entre las clases. En Corea, el intento de la burguesía, escondida detrás de Kim Dae Jung, de situar el peso de la crisis sobre los hombros de la clase obrera se ha encontrado con la oposición de los trabajadores. La Confederación Coreana de Sindicatos ha respondido con una manifestación de masas y una huelga general para finales de mayo. Los sindicatos no quieren despidos y proponen, en vez de reducciones salariales, repartir el trabajo reduciendo la jornada laboral sin reducción salarial. "Es una reacción muy diferente a la sugerida por Kim en su primera reunión en enero, cuando estaba recién elegido. Era cuando su popularidad estaba alta, nueve de cada diez coreanos le apoyaban. Ahora afronta la hostilidad del Parlamento y la furia de los trabajadores… El 13 de mayo, Kim avisó a los estudiantes que no participaran con los sindicatos en las calles" (The Economist, 16/5/98).

Esto es un ejemplo para los trabajadores indonesios de lo que ocurre cuando se confía en la burguesía "progresista". La colaboración de clases sólo significa más austeridad, desempleo y el aumento de la dependencia de Indonesia, Corea y los otros países respecto al imperialismo. Toda Asia es ahora una caldera de descontento en ebullición. El 1º de mayo en Japón vimos las manifestaciones más grandes de los trabajadores en años. Dos millones de personas asistieron a los actos en más de mil lugares, según el servicio de noticias Kyodo. Los manifestantes denunciaron la política del gobierno de Hashimoto. El desempleo en Japón (oficialmente el 3,9%) es el más alto desde 1953.

No es un accidente que precisamente en este momento la India haga explotar su primera bomba nuclear. Es un intento de desviar la atención y evitar el desarrollo de la revolución en la India. ¡La India es una gran potencia mundial! es el mensaje para millones de personas, a fin de hacerles olvidar su hambre y miseria. Temporalmente podría tener un efecto, pero no por mucho tiempo. Cuando se disipe el humo del chovinismo, los trabajadores y campesinos hindúes volverán de nuevo a la realidad de su vida. Las condiciones para una revolución en la India están maduras, al igual que en Indonesia. Lo único ausente es el factor subjetivo, dado que los denominados Partidos Comunistas de la India están jugando un papel desafortunado, actuando como apagafuegos en vez de preparar a las masas para el poder.

El potencial revolucionario es inmenso. La ausencia del factor subjetivo es el potencial para la derrota. Durante un período de dos, tres o cinco años, la cuestión del poder se presentará ante las masas una vez tras otra. Si allí existiera incluso un pequeño núcleo revolucionario, toda la situación se transformaría. Pero ante su ausencia, y con la desastrosa política de la dirección del Partido Comunista, la magnífica revolución indonesia puede de nuevo acabar en derrota. La revolución pasará a través de distintas etapas, ahora estamos siendo testigos sólo del primer acto. La posibilidad de la victoria de la clase obrera dependerá de la calidad de la dirección. Los estudiantes y trabajadores ya han demostrado gran coraje e iniciativa. Armados con un programa y perspectiva correctos, la victoria estaría asegurada. Pero si no se construye la dirección necesaria, el caos puede desarrollarse e incluso aparecer elementos de barbarie, como en Uganda y Somalia, llevando a la ruptura de Indonesia y a una nueva e incluso más sangrienta dictadura. Los trabajadores indonesios tendrán ante sí la oportunidad de tomar el poder, no una vez sino muchas veces. Las únicas dos opciones para la revolución indonesia son o la más sublime de las victorias o la más terrible de las derrotas.

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